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Mónica, la profa de castellano

Comentario más extenso de Retrato

 

Al adentrarnos en la breve, pero abarcadora historia que constituye el poema “Retrato”, descubrimos, en una primera lectura las descripciones que de ella nos ofrece el portador de esos acontecimientos. Nos invita a conocer su experiencia vital en las que convergen sus valoraciones acerca del comportamiento humano, sus criterios y tendencias estéticas en un esfuerzo de permanencia universal.

 

Leemos el retrato del sujeto lírico en los nueve cuartetos de versos alejandrinos y rima consonante alterna, lo cual responde a la majestuosidad del tipo de vida que en el poema se descubre, además, a los gustos estéticos del sujeto lírico, como podremos comprobar más adelante.

 

No hay recurrencias en términos genéricos, sino que se habla de alguien en particular, evidente en cada pronombre posesivo en primera persona, se trata pues, de la vida del sujeto lírico y no la de otra persona, narrada por él mismo. Los ejemplos del uso de los pronombres son abundantes, hacen la suma de 26 pronombres en total, CONMIGO, MIS, aparecen una vez cada uno, ME aparece 7 veces y MI 9, lo cual hacen un total de 18 pronombres.

 

Otro de los elementos que apoyan esta suerte de autobiografía es el excesivo uso de formas verbales, tanto en pretérito, lo cual coincide con la función biográfica de los acontecimientos de la infancia y de la juventud, como en presente, pues también se nos informa de sucesos actuales, como de futuros, pues existe la certeza de los hechos que le sucederán. Los verbos usados en primera persona del singular suman 22, de un total de 46 verbos usados, los restantes son 12 formas verbales en tercera persona del singular, pero es evidente que son empleadas para ratificar que se refieren al mismo sujeto lírico, pues son acompañadas por los pronombres posesivos que indican que las acciones se refieren a él mismo, tales son los casos: “Mi infancia son recuerdos...”, “...me asignó Cupido”, “hay en mis venas...”, “mi verso brota”, “soy un hombre que sabe su doctrina...”, “...va conmigo”, “mi soliloquio es ...”, “debéisme”, “me cubre”, “me alimenta”, “me encontraréis”, contra los restantes 12 empleos de formas verbales en segunda y tercera persona del singular e infinitivos, que también son empleadas en torno a las actividades del sujeto. Todas estas explicaciones son las razones que justifican que el poema constituye una breve autobiografía del poeta, o del sujeto lírico, específicamente.

 

He procedido a una división del poema en tres partes: la primera son las tres primeras estrofas en las que el autor nos describe los acontecimientos más importantes de su vida, los recuerdos de su niñez, que suelen ser dulces e imprecisos, como mismo resulta ubicar en un lugar determinado ese patio de Sevilla o ese jardín en que crece un limonero; el plano espacial es indiscutible, mas, no deja de ser una mera suposición localizarlo en un espacio físico concreto. Resulta innecesario explicar el tercer verso, pues más claro no ha podido escribirse, pero este cuarto verso resulta polisémico, lo mismo puede significar que el autor no quiere recordar algunos momentos de su vida porque puede que hayan sido muy tristes, y como recordar es volver a vivir, se tiene el temor de volver a sufrir algún episodio amargo, el dolor agobia un espíritu sensible, tal vez un amor perdido, o una causa noble que no pudo perseguir; o bien pueden ser sucesos de tan poca importancia que son indignos de recordarse, en cualquier caso su suspiro ya quedó en el pasado, en lo que irremediablemente ya no puede volver, ahora le ha tocado vivir otras experiencias, de las que seguramente le brindaron otros tragos amargos, pero con la certeza del hombre que aprendió a salir de lo malo y a quedarse con lo bueno.

 

Los siguientes cuatro versos continúan con las descripciones de su personalidad, de los hechos amorosos que le acontecieron en su devenir histórico. No ha sido nunca un Don Juan (in)sensible, no aprovechó las oportunidades que se le presentaron para burlarse sentimentalmente de las mujeres que le prefirieron, no abusó de ellas, sino que las respetó, y solamente le correspondió a la que supo despertar sus sentimientos de amor más sublime. Este sujeto se nos describe un hombre sencillo, sin presupuestos artificiales, más bien es alguien que pierde cuidado en las preocupaciones por el arte del buen vestir, las imágenes externas le colman, va más allá de lo que los ojos pueden percibir: “ya conocéis mi torpe aliño indumentario” le importa, más que todo, la necesidad de sentirse satisfecho con lo que hace, siente y realiza.

 

La última estrofa de esta primera parte nos describe un poeta, “...mi verso brota...”, esencialmente rebelde, “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina” en contra de los presupuestos estéticos de un movimiento, para él caducos, vanos, inútiles. No se destaca como un vate consagrado a una forma determinada, sino que trata de ser lo más natural y claro posible, dentro de los límites del buen decir, su expresión poética surge de las palpitaciones del espíritu, de lo que el alma dice, si es que dice, para comunicarse con el mundo, con todo lo que constituye su entorno mediato e inmediato, porque es “en el buen sentido de la palabra, bueno.”

 

La segunda parte del poema son la cuarta, quinta y sexta estrofas en las que expone su credo estético literario. Este poeta se canta a favor de la belleza, a favor de lo que puede tener de hermoso “la moderna estética”, es indudable que se está tratando acerca de los postulados del movimiento modernista, del cual casi se sentía parte, pues como dice en la cuarta estrofa, “Adoro la hermosura, y en la moderna estética/ corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;”, él no pertenece a las corrientes literarias modernas de su tiempo, admira las sensaciones que provocan los nuevos maestros de las formas, pero es muy diferente entre sus iguales, pues prefirió los caminos que conducen a las profundidades de las palabras, las que desencadenan imágenes construidas por los ojos del espíritu, y no las vacuas sensaciones que producen los elementos fónicos, hay un rechazo a la superficialidad de las formas externas, de la pura belleza de la imagen “...no amo los afeites de la actual cosmética”; a la musicalidad que reproduce solamente chirridos, que por esencia son verdaderamente desagradables, “ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.”, con lo que indudablemente hace alusión al pájaro azul de los modernistas, que querían darle alas sueltas a la imaginación, pero con una base puramente formal, a lo cual se pronuncia totalmente en desfavor el vate. De esta manera continúa en los dos primeros versos de la siguiente estrofa: “Desdeño las romanzas de los tenores huecos/ y el coro de los grillos que cantan a la luna”, no puede haber algo más desesperante, en el sentido más peyorativo de la palabra, que el sonido que produce el canto de ese insecto. Todo lo bueno que surge del modernismo es loado por el sujeto lírico, no siendo así con los elementos que le resultan cual hojarasca, admira lo perdurable y no lo perecedero. La inflación del YO en el poeta que se auto describe es evidente, lo cual nos transporta a pensar que ese sujeto presenta características del movimiento estético romántico, del cual, tal vez se sentía parte, aunque no lo sabe, como también le es imposible definir si es propiamente clásico, sobre todo si se piensa en las formas perfectas que acompañan al poema, en todo caso, él no lo sabe, así se hace cuenta de ello al inicio de la sexta estrofa, pero nosotros sí lo sabemos: él es un poeta que quiso perdurar por los sentimientos que inspiró, por sus ideas poéticas que trascendieron, por la formulación de un nuevo concepto esteticista que lo hace auténtico, concepto que no está concretamente plasmado en la historia de la literatura, porque va mas allá de los postulados clásicos, románticos o modernistas, solamente es la intensidad de su lírica la que lo hace gigante y universal, quiere dejar su verso “como deja el capitán su espada:/ famosa por la mano viril que la blandiera, no por el docto oficio del forjador preciada.”

 

La última parte del poema son las tres estrofas que restan, en las que se plasman determinados aspectos del comportamiento humano, y sobre todo, descubrimos en estos versos la intimidad del sujeto lírico, nos adentramos ahora en su vida individual. Su soliloquio traduce su soledad, su andar por el mundo con su otro yo, pero, además, ese hablar consigo mismo es como un entrenamiento para la futura conversación que tendrá con el Supremo, a quien llama de amigo, a quien le debe el haber aprendido a amar a los que le rodean. En la penúltima estrofa hay todo un rosario de valores tradicionales. En vida ha hecho cuanto ha podido por el prójimo, le ha dado lo mejor que tiene, que es su prosa, su poesía. En vida ha trabajado para lograr cuanto tiene, no aspiró nunca al enriquecimiento fatuo y jactancioso, solamente le satisfacen las necesidades primarias como el vestir adecuadamente, el alimento, el hogar, y todos los momentos en que el espíritu se siente libre de los avatares del día y se presta a descansar. Todas estas razones son suficientes para que al final de sus días se sienta agradecido por lo que vivió, y que todos vean esa plenitud de sencillez, sin que se sienta por eso un tanto melancólico, o frustrado, o, en fin, desilusionado.

 

Es el retrato que siempre le acompaña, es lo que él sabe de sí mismo, es lo que todos los que le rodean saben de él mismo, es su historia como ser humano, sus postulados estéticos como vate, sus creencias personales como ser social.

 

En un poema, más que comulgar contenido y forma, esta envuelve en un abrazo apretado a aquél.

 

Todas las estrofas son cuartetos con rima consonante y alterna. El verso alejandrino es el elegante por excelencia, los treinta y seis versos de “Retrato” son de catorce sílabas excepto el 21 y el 27, lo cual representa una ínfima cantidad y por lo tanto sin alarmante relevancia. Este empeño por mantener invariable la estructura del poema establece un paralelismo con las ideas del sujeto-autor y la elegancia que de por sí representan. No cabe dudas de que el poeta tuvo una vida relevante en cuanto a sobriedad se refiere, tuvo, además, opiniones concretizadas en el poema que se oponían a los artificios superficiales del modernismo, de ahí que su métrica sea perfecta; los modernistas querían modificar e innovar tanto la métrica, que la musicalidad que emanaba de ella no era para nada gustosa, este tipo de verso apoyan también los valores humanos que caracterizaban al sujeto lírico, hay cierta admiración por lo sobrio, pero también por lo elegante, lo sencillo, pero también por lo sublime.

 

La reiterada presencia de los cuartetos en versos alejandrinos, y el poema solamente con rima consonante y alterna, nos da una idea de la perdurabilidad y la firmeza de las ideas del sujeto lírico.

 

La división en tres partes del poema está apoyada por las construcciones sintácticas. En la primera parte hay una unidad ratificada por una rima asonante en la que coinciden los sonidos i-a, e-o. Esta es la misma en la primera y tercera estrofa, lo cual construye, algo así como un círculo que abre la primera estrofa y cierra, pasando por la segunda, la tercera estrofa.

 

En la segunda parte también hay una marcada unidad, vista a través de la enumeración de los elementos que describen la estética literaria con la que se siente identificado el sujeto lírico.

 

En la tercera parte la unidad se da por el encabalgamiento de una estrofa a otra mediante el empleo de la conjunción copulativa Y, sin abandonar, por su puesto, el peso del contenido semántico de estas tres estrofas.

 

El caso del empleo de los hipérbaton en las oraciones: “Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido”, “...más que un hombre al uso que sabe su doctrina”, “A distinguir me paro las voces de los ecos”, o en las perífrasis verbales: “recordar no quiero”, “dejar quisiera” apoyan el deseo de búsqueda de un estilo personal, de apartarse de las corrientes estéticas preciosistas, de buscar la galanura interna más que la belleza externa. Algo curioso sucede en el hipérbaton de la estrofa final, en la que hay tres oraciones subordinadas a la principal que es la última que cierra todo el conjunto del retrato, como dando el punto culminante, acaso una autodefensa para redimir su vida eternamente, término que se hace mucho más expresivo y fuerte con la última sílaba aguda: “mar”.

 

Es llamativo también el uso de elisiones de verbos en la primera estrofa: “Mi infancia son recuerdos...”, “mi juventud, veinte años...”, “mi historia, algunos casos...” que explican el salto amplio y largo que da el sujeto lírico desde que recuerda su niñez, sus mocedades y algunos sucesos de su vida sin entrar en detalles ni especificidades, no nos explica el por qué de sus recuerdos, por qué esos y no otros. Esta elisión del verbo también se da en la octava estrofa, con lo cual nos explica de manera general las actividades que desarrolló y que todavía realiza durante el transcurso de su vida.

 

Las metáforas cumplen la función de magnificar, no sólo su don de poeta, sino también los acontecimientos que experimentó el sujeto lírico: “...recibí la flecha que me asignó Cupido”, “hay en mis venas gotas de sangre jacobina”, “mi verso brota de manantial sereno”; su poética esteticista: “...en la moderna estética/ corté las rosas del huerto de Ronsard”, desdeña “el coro de los grillos que cantan a la luna”; la forma en que vivió sin quejas ni lamentos, sino más bien con pleno orgullo, podrá morir en paz cuando la muerte lo sorprenda: “cuando llegue el día del último viaje”, “esté al partir la nave que nunca ha de tornar”.

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