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Mónica, la profa de castellano

Amor y pedagogía

Qué pasaría si usted llevara la razón hasta el extremo, si pretendiera categorizar todo o si intentara explicar lo que le rodea bajo los parámetros de la razón? ¿El sueño de la razón produce monstruos? Pero ¿el sueño como anhelo o como ausencia de vigilia? Si mi mano golpea, ¿soy yo inocente?

Todo comienza cuando a don Avito Carrascal, hombre de ciencias y que “anda por mecánica, digiere por química y hace cortar el traje por geometría proyectiva”, se le ocurre engendrar un genio. Reflexiona acerca de ese hecho, y piensa, con toda la lógica aplastante que le da ser un hombre cabal y docto, avanzado en cuestiones científicas, que con una correcta pedagogía y una buena selección de genes el genio en su vástago ha de salir seguro, entonces él iniciará una tarea sociológica digna de estudio y alabanza. “El genio se hace”, repite una y otra vez, y no se nace con él.

Así se decide a procrear, y para tamaña empresa tiene que escoger –no puede ser de otra manera– un matrimonio deductivo. Porque hay dos clases de matrimonios: el deductivo, efectivamente, fruto de la conveniencia, convivencia y demás ciencias, y el inductivo, hijo de las bajas pasiones y del amor. “El amor”, ese sentimiento alejado de toda lógica y tan pernicioso para el hombre sensato y amante de la razón.

Pero… ¡ah, destino!, que espera agazapado a la vuelta de la esquina. La muchacha elegida por deducción se emborrona ante la visión de otra, de su antítesis. El alma de don Avito se conmueve, la inducción se apodera de él, el amor… “Desde las excelsas cimas de la deducción se ha despeñado a los profundos abismos inductivos”. Pero su razón, terca como una mula, ve posibles ventajas en este gran inconveniente: “El genio, ¿no es tan hijo de la naturaleza como del arte?; ¿no es la naturaleza hecha arte, lo que equivale a decir que es el arte hecho naturaleza?; ¿no es el feliz consorcio de la reflexión con el instinto, instinto reflexivo a la par que reflexión instintiva? (…) Los verdaderos genios, los de verdad, han debido ser hijos de mujeres guapas, y si la historia lo negase, o es que el supuesto genio no es tal o es que no se fijaron en su madre.” Para añadir, “¡oh, el instinto adivina lo que no entiende!”.

Para su voz interna ha cometido el primer gran fallo; esa especie de daimon que le dice: “Has caído, Avito, has caído, ¡has caído! Has convertido a la ciencia en alcahueta… ¡has caído!” La razón, en este caso, no duerme, siempre vigila; y produce monstruos.

Nace de esta unión al cavo el bebé genio, al que Carrascal le rodea de diversos estímulos, al que controla y del que apunta meticulosamente todos sus logros. Lleva su educación a rajatabla… ¿Qué pasa finalmente? ¿Habrá genio o, por el contrario, saldrá un tarado? Lo conveniente es que el propio Unamuno despeje esas dudas, si las hay. Así que no hablaremos del poeta Hildebrando F. Menaguti, ni del filósofo don Fulgencio Entrambosmares, ni siquiera proferiremos nada acerca del pobre genio Apolodoro…

La novela se lee de manera gustosa de principio a fin. Nos encontraremos a un Unamuno que –aunque en el fondo sea el mismo y escriba de similares inquietudes y con parecido aparato filosófico– resulta, por ejemplo, menos humano que en “San Manuel Bueno, mártir” o menos redondo que en “Niebla”; quizá por potenciar la ironía, la sátira que es toda esta tragicomedia. Lo que por encima de toda duda está en el texto es su talante transgresivo y excéntrico. Se deben de leer con sumo gusto, además, sus característicos prólogos y epílogos, en donde Unamuno se desata fieramente.

Quiero dejar algunas frases, lapidarias unas, graciosas otras, geniales todas:

«Todo esto pasa por la mente de Fructuoso, que, como saco de sentido común, es profundamente egoísta, por ser el egoísmo el sentido común moral.»

« “¿El sentido común? ¡A la cocina!” Y cuando llega a sus oídos esa estúpida conseja de que es una olla de grillos su cabeza, recítase este fragmento poético que para propio regalo tan sólo ha compuesto:

Amados grillos, que con vuestro canto
De mi cabeza a la olla dais encanto,
Cantad, cantad sin tino,
Cumplid vuestro destino,
Mientras las ollas de los más sesudos,
De sentido común torpes guaridas,
De sucias cucarachas, grillos mudos,
Verbenean manidas.
Resuenen esas ollas con el eco
Del canto de lo hueco.»

«¿Cómo le desarraigo esto? ¿Desarraigar? ¿Pero es que tiene raíces? ¡Desarraigar! La lengua misma esta llena de metáforas. Mientras que no la hagamos con álgebra no habrá cosa buena.»

«– (…) aseguraba Schopenhauer que los hombres heredan la inteligencia de la madre y la voluntad del padre.
–Eso lo dijo el terrible humorista de Danzig porque su padre se suicidó y su madre escribió novelas, cuando acaso el suicidio fue la novela de su padre y las novelas fueron el suicidio de su madre.»

«Es el sentido común el que con los medios comunes de conocer juzga, de tal modo que en tierra en que un solo mortal conociese el microscopio y el telescopio disputaríanle sus coterráneos por hombre falto de sentido común cuando les comunicase sus observaciones, juzgando ellos a simple vista, que es el instrumento del sentido común.»

«No creas en lo que llaman los viejos experiencia, que no por rezar cien padrenuestros al día lo sabe una vieja beata mejor que quien no lo reza hace años.»

«Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo!.»

Y seguiría, porque la obra entera está repleta de frases, situaciones y pensamientos ingeniosos.

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